Una tarde, que en su comienzo parecía tan gris como cualquier otra en la que iba a embriagarse de añoranza y de recuerdos a la cafetería con tan irónico nombre, se encontró quizá por azar con uno de los fantasmas de su pasado en carne y grueso. Aquel espectro lo miraba fijamente, con aquella intensidad en sus ojos hermosos ante la que se sentía tan indefenso.
Le devolvió la mirada ¿Qué vería ella en aquella mirada? Todos los sentimientos que le inspiraba giraban caóticamente en una especie de remolino dentro de su cabeza ¿Cómo interpretaría su agudeza femenina ese mensaje ilegible?
Él sabía perfectamente que a esos ojos y a esas pestañas largas y tupidas debía la amargura instalada permanentemente en su gesto, pero también todo lo que había logrado como escritor, ya que su tortuosa ausencia era su musa y todas las noches remojaba su pluma en la sangre vertida por las heridas que ella había causado.
Había dejado de escribir por amor a las letras, ahora simplemente buscaba gritar de dolor ante el mundo, exponiendo sus heridas abiertas de manera obscena o a veces convertir en arte los momentos efímeros y escasos en los que esa maldita mujer lo hizo feliz al arrojarle unas migajas de cariño; pero, irónicamente, el prestigio y el dinero llegaron cuando había dejado de perseguirlos, cuando habían perdido todo sentido para él como el resto de lo que alguna vez había ambicionado en su vida ¿Aun así debería agradecérselos?
La vio acercar la taza a su boca para disimular un temblor casi imperceptible en sus labios.
La soledad, confabulada tal vez con una fibra masoquista oculta en lo profundo de su ser, la había arrastrado a aquel lugar que habían visitado una vez juntos y que él empezó a frecuentar después de que lo dejó.
Estaba en uno de esos periodos de su vida en que el vacío de su interior era más difícil de soportar y clamaba atención incluso detrás de la máscara de cinismo e, inevitablemente, pensó en la única persona que le dijo que la amaba a pesar de conocer mejor que nadie sus monstruosos defectos y haberlos sufrido en carne propia.
Recordó los días a su lado y encontró aquellas memorias increíblemente conmovedoras al comprender que jamás sería amada con tanta devoción de nuevo.
Se dio cuenta de que tal vez había ido a “La nostalgia” esperando encontrarlo, sabiendo perfectamente que aún sostenía su corazón en un puño y que, a pesar de todo el daño que le había causado, aparecer frente a él era todo lo que necesitaba para tenerlo de vuelta; sin embargo se conocía lo bastante bien para saber que, aunque en ese momento sentía en cada célula de su cuerpo que lo necesitaba desesperadamente , en unos días se daría cuenta de que estaba muy lejos de satisfacerla y no porque tuviera alguna carencia sino porque simplemente era imposible que algo o alguien la hiciera feliz.
Así que entre la inmortalidad y un analgésico temporal para su desilusión, decidió seguir siendo la celestial arpía de sus obras en vez de ser una amante de carne y hueso; pues llegó a la conclusión de que no había nacido para ser dichosa sino, tal vez, para ser eterna.
Dio un último sorbo a su café, dejó un billete sobre la mesa y caminó a la salida, resuelta a no mirar a atrás.
El escritor era perfectamente consciente del favor que le hacía al irse, pero sabía que si esa hubiera sido su intensión, se hubiera ido justo después de verlo en lugar de usar el poder magnético de sus divinos ojos obscuros para gritarle que estaba ahí.
Le seguía importando un carajo lo que él pudiera sentir, aún era capaz de sacrificarlo a cualquier nivel para conseguir lo que quería.
Su mandíbula estaba tensa y había apretado el puño inconscientemente.
¡Maldita! ¡Mil veces maldita! Él había puesto a sus pies todo que era y tenía, pero la perra egoísta nunca había hecho el menor esfuerzo por corresponderle al menos en un porcentaje y el odio que ardía consumiendo el interior su pecho no le daría tregua hasta que consiguiera castigarla por eso.
En ese momento dio el primer paso fuera de la puerta y en cuanto desapareció de su campo de visión, la ola de terror y miedo que lo azotó violentamente le hizo comprender que podía dejarla ir, que prefería morir a perder de nuevo a la mujer a que tanto deseaba lastimar, y salió corriendo tras ella.

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