Una tarde, que en su comienzo parecía tan gris como cualquier otra en la que iba a embriagarse de añoranza y de recuerdos a la cafetería con tan irónico nombre, se encontró quizá por azar con uno de los fantasmas de su pasado en carne y grueso. Aquel espectro lo miraba fijamente, con aquella intensidad en sus ojos hermosos ante la que se sentía tan indefenso. Le devolvió la mirada ¿Qué vería ella en aquella mirada? Todos los sentimientos que le inspiraba giraban caóticamente en una especie de remolino dentro de su cabeza ¿Cómo interpretaría su agudeza femenina ese mensaje ilegible? Él sabía perfectamente que a esos ojos y a esas pestañas largas y tupidas debía la amargura instalada permanentemente en su gesto, pero también todo lo que había logrado como escritor, ya que su tortuosa ausencia era su musa y todas las noches remojaba su pluma en la sangre vertida por las heridas que ella había causado. Había dejado de escribir por amor a las letras, ahora simplemente busc...